En una de esas noches de insomnio, de ese sobrenatural y puro insomnio en el que mi cuerpo, excitado sobremanera por sustancias que no merece la pena mencionar, se negaba de un modo patente a dormir, decidí dar una vuelta. Mi cuerpo se desplegó, se desdobló en dos partes. Una de ellas parecía carnal, efímera y corrompida. La otra parecía etérea, amorfa, brillante y de algún modo casi transparente. Es esta segunda parte la que me guió, casi como de la mano, fuera de mi cama. Me tomó y me susurró "levántate".
Salí a la calle, y entonces pude ver con una claridad de la que, como mortal que soy, nunca antes había podido disfrutar. Recuerdo, no muy claramente, vagar por las calles, apenas rozando mis pies con el suelo en algunos momentos, sintiendo hierba y arena bajo ellos en otros. Lo que sí recuerdo nítidamente es la acera estrechándose, convirtiéndose en roca, en campo. Y no estaba sola. Había más como yo.
Uno de ellos tenía forma de perro, y al acercarme sólo dijo "buenas noches, hace un día estupendo". No entendía. Sin embargo, el perro misterioso, que por cierto tenía una mancha de carácter extraño en el hocico, permaneció a mi lado, sin añadir nada más. Y con su compañía silenciosa a mi derecha, casi como si fuese uno de esos grandes amigos con los que no hacen falta palabras, seguí caminando. Caminé, encontrándome con otros como yo. Había algunos muy mayores, de cabellos finos y grises. Durante mi caminata me encontré con algunos niños también. Uno de ellos llamó mi atención. Tenía unos cabellos castaños que brillaban, a pesar de la ausencia de sol, y una sonrisa cristalina. Jugaba con una peonza, y al alzar a vista y verme ahí parada, me sonrío, no sólo con los labios, sino también con los ojos. Me lanzó la peonza y me propuso jugar de un modo ilícito. Después dijo "si te gusta, puedes quedártela". La recogí del suelo, y cuando me incorporé vi cómo se alejaba, corriendo entre las amapolas, parando tan sólo para lanzarme una última sonrisa antes de seguir y disiparse en la niebla.
Seguí caminando y llegué a un angosto camino de tierra suave y fina, junto con el que ya me parecía mi eterno amigo el perro, quien sostenía la peonza en su boca, meneando el rabo de vez en cuando. Tanto a mi izquierda como a mi derecha, el camino presentaba campos interminables de trigo, de un trigo casi listo para la recogida. También se presentaban ciertas margaritas y amapolas por aquí y por allá, a medida que el camino se estrechaba y alargaba ante mi vista. Tras lo que pareció un largo caminar, comencé a vislumbrar la luz del sol. El sol. Iba a salir, se notaban los primeros destellos rojos en el horizonte, allí, al final, muy al final del camino de tierra. Quería llegar pronto, para ver el sol salir en todo su esplendor, anunciando otro día, pero seguía estando oscuro y no conseguía discernir del todo bien si estaba avanzando o si el camino se repetía, incesante, al paso de mis pies. Y empezaba a estar cansada. Cansada de andar y de no progresar. Y entonces, entre la oscuridad, vi una figura alta, de brazos firmes. Y supe que eras tú. Te vi.
De espaldas a mí, observabas el primer brillo rojizo de sol, tal y como yo había estado haciendo. No me hizo falta gritar tu nombre. Te giraste, mirándome, parpadeaste ligeramente mientras esbozabas una sonrisa y alargaste la mano. Tardé en llegar hasta ti, pero no bajaste tu mano en ningún momento. Y al tocarte, por fin, sentí que todo estaba en orden. Que el final de ese camino no podía ser otro que no fueses tú. Tu mano era cálida, acogedora, y desprendías una serenidad suma. El perro movió el rabo varias veces y soltó la peonza a tus pies. Ahí parados, nos sostuvimos la mano hasta que dijiste "tenemos que seguir andando". Pero ninguno de los dos se movió. Sólo recuerdo que cerramos los ojos a la par, y con tu otro brazo me cogiste de la cintura.
Desperté en una habitación blanca de olor a lejía, en una cama blanca de sábanas muy usadas, desde la cual salía un tubo, con una sola silla a mi lado. En esa silla reconocí unos pies familiares, más tarde piernas. Y al subir la mirada te vi, dormido, con la cabeza apoyada en la pared posterior en un ángulo incómodo, respirando profundamente. Entonces sonreí, y sabiendo ya que estaba dentro de mi cuerpo, que volvía a ser una sola, volví a dormirme.
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miércoles, 24 de octubre de 2012
L
Sigue, sigue andando.
Con esos pasos, firmes como tú sabes darlos.
Cuando la pena inunde tu camino,
seguirás encontrando mi mano.
No ceses de andar, no dejes de intentarlo.
A pesar de la corriente que aborda tu puerta,
a pesar de los gritos que intentan anidar en tus oídos,
nunca, nunca dejes de soñar.
No te detengas, pues tus pisadas
nunca se vieron tan gráciles como hoy.
Ahora es tu momento, ahora es tu ilusión
la que empieza a tomar forma.
Que tu luz y tu coraje iluminen el mundo.
Que sobre tus aguas bailen todos los veleros.
Que bajo ese foco perezcan todas las estrellas del cielo.
Que tras la tormenta, siempre reine tu calma.
Que tu voz haga llorar al público,
y dejar sin palabras a los incrédulos.
Que tu energía contagie a los mudos.
Y que nunca, nunca, tengas razones para bajar la cabeza.
Seguirás siendo una estrella, nuestra estrella.
Aunque oigas negativas, siempre tendrás
una respuesta positiva en mi corazón.
Padecerás, siempre padecerás,
el sufrimiento de ser una artista.
Poca gente entenderá tu mundo.
Pero no dejes de sonreír, mi niña.
Con esos pasos, firmes como tú sabes darlos.
Cuando la pena inunde tu camino,
seguirás encontrando mi mano.
No ceses de andar, no dejes de intentarlo.
A pesar de la corriente que aborda tu puerta,
a pesar de los gritos que intentan anidar en tus oídos,
nunca, nunca dejes de soñar.
No te detengas, pues tus pisadas
nunca se vieron tan gráciles como hoy.
Ahora es tu momento, ahora es tu ilusión
la que empieza a tomar forma.
Que tu luz y tu coraje iluminen el mundo.
Que sobre tus aguas bailen todos los veleros.
Que bajo ese foco perezcan todas las estrellas del cielo.
Que tras la tormenta, siempre reine tu calma.
Que tu voz haga llorar al público,
y dejar sin palabras a los incrédulos.
Que tu energía contagie a los mudos.
Y que nunca, nunca, tengas razones para bajar la cabeza.
Seguirás siendo una estrella, nuestra estrella.
Aunque oigas negativas, siempre tendrás
una respuesta positiva en mi corazón.
Padecerás, siempre padecerás,
el sufrimiento de ser una artista.
Poca gente entenderá tu mundo.
Pero no dejes de sonreír, mi niña.
lunes, 22 de junio de 2009
Nieva azúcar
Ellos salieron de la espuma del mar, de las conchas que susurraban y de las cometas en la arena.
Ellos salieron de la nieve en las cimas, de los cipreses y las violetas, de los zorros, del aullido de los lobos a las tres de la madrugada.
Ellos salieron de un último piso, de esas vidrieras relucientes, de una capilla, de un centro comercial, del agua clorada, del agua mineral embotellada, de las cuerdas de una guitarra.
Ellos salieron de las dunas, de los halcones, de las serpientes de cascabel, de un oasis perdido en medio de la nada.
Y después se disolvieron con agua dulce. Más tarde se evaporaron, y por eso es que nieva azúcar. Ese azúcar traspasa cualquier cuerpo, y cualquier corazón. Porque llena y reconforta, y aunque a veces hiere salir y sentir ese frío que la nieve siempre conlleva, merece mecerse bajo las nubes. Merece la pena, merece el esfuerzo.
Ellos son mis amigos. Simplemente ellos, que nievan, y truenan a veces, pero sobre todo... Son el azúcar que todo café debería tener.
Ellos salieron de la nieve en las cimas, de los cipreses y las violetas, de los zorros, del aullido de los lobos a las tres de la madrugada.
Ellos salieron de un último piso, de esas vidrieras relucientes, de una capilla, de un centro comercial, del agua clorada, del agua mineral embotellada, de las cuerdas de una guitarra.
Ellos salieron de las dunas, de los halcones, de las serpientes de cascabel, de un oasis perdido en medio de la nada.
Y después se disolvieron con agua dulce. Más tarde se evaporaron, y por eso es que nieva azúcar. Ese azúcar traspasa cualquier cuerpo, y cualquier corazón. Porque llena y reconforta, y aunque a veces hiere salir y sentir ese frío que la nieve siempre conlleva, merece mecerse bajo las nubes. Merece la pena, merece el esfuerzo.
Ellos son mis amigos. Simplemente ellos, que nievan, y truenan a veces, pero sobre todo... Son el azúcar que todo café debería tener.
martes, 24 de febrero de 2009
Seguirás siendo tú
Mantente siguiendo
tus corazonadas,
no dudes de tus sentimientos
porque seguirás siendo tú.
Si la gente nos sigue señalando
con el dedo, no importa.
Sé fuerte y firme incluso
cuando los demás duden.
No has cambiado, incluso
al elegir otro camino distinto
del que ellos quieren. Incluso,
si no te aceptaron de primeras.
Seguirás siendo como yo te vi
por vez primera esa mañana.
Único, sencillo y complicado
como sólo tú sabes ser.
Único entre tantos, aunque
muchos no sepan valorarlo.
Insististe y alcanzaste tus metas.
Sigue corriendo, aún en dirección contraria.
Porque yo correré contigo.
tus corazonadas,
no dudes de tus sentimientos
porque seguirás siendo tú.
Si la gente nos sigue señalando
con el dedo, no importa.
Sé fuerte y firme incluso
cuando los demás duden.
No has cambiado, incluso
al elegir otro camino distinto
del que ellos quieren. Incluso,
si no te aceptaron de primeras.
Seguirás siendo como yo te vi
por vez primera esa mañana.
Único, sencillo y complicado
como sólo tú sabes ser.
Único entre tantos, aunque
muchos no sepan valorarlo.
Insististe y alcanzaste tus metas.
Sigue corriendo, aún en dirección contraria.
Porque yo correré contigo.
lunes, 23 de febrero de 2009
Otro dedicado
Aún recuerdo esas mañanas llenas de legañas y diademas. Aún recuerdo esos bolígrafos de colores que tanto llamaban tu atención, aunque siempre te decantabas por el que pintaba en negro. Aún recuerdo esas tímidas sonrisas que me dedicaste y que sigues dedicando, pero ahora de forma más directa.
Siempre me contabas historias, normalmente relacionadas con el género opuesto. Y yo escuchaba tus peripecias y te veía muchas veces resuelta, otras veces dudosa, pero siempre con una fuerte resolución final en todos los aspectos.
Crecimos y nuestros problemas crecieron con nosotras. Nuestros caminos se separaron, se bifurcaron bajo tu cielo, que fue de un color distinto al mío. Pero nos volvimos a encontrar otra vez bajo el rojo de la salida del sol. Y nos volvimos a separar para más tarde volvernos a unir. Más estrechamente y con más fuerza que nunca. Nos contábamos secretos, uniones de nuestras vidas pasadas, hechos insólitos, susurros en las noches en las que "aprendí a atarme los calcetines".
Y es ahora cuando a menudo pienso qué sería de mí sin los fideos en la sopa, sin la voz en la música, sin los gajos de la naranja, sin el sol en los amaneceres... Es decir, qué sería de mí sin tu sonrisa, sin tus llamadas, sin tus gritos ni tus golpes en el brazo. Qué sería de mí si de vez en cuando no me pellizcases el culo. Qué sería de mí si ahora no te tuviese cerca, sin esos bailes extraños, sin ese verano al sol en la pura vaguería de un pueblo perdido en vete tú a saber dónde.
Qué sería de mí sin vosotros, y sin ti, Iris. La sonrisa que siempre desearé que sea eterna. Te quiero.
Siempre me contabas historias, normalmente relacionadas con el género opuesto. Y yo escuchaba tus peripecias y te veía muchas veces resuelta, otras veces dudosa, pero siempre con una fuerte resolución final en todos los aspectos.
Crecimos y nuestros problemas crecieron con nosotras. Nuestros caminos se separaron, se bifurcaron bajo tu cielo, que fue de un color distinto al mío. Pero nos volvimos a encontrar otra vez bajo el rojo de la salida del sol. Y nos volvimos a separar para más tarde volvernos a unir. Más estrechamente y con más fuerza que nunca. Nos contábamos secretos, uniones de nuestras vidas pasadas, hechos insólitos, susurros en las noches en las que "aprendí a atarme los calcetines".
Y es ahora cuando a menudo pienso qué sería de mí sin los fideos en la sopa, sin la voz en la música, sin los gajos de la naranja, sin el sol en los amaneceres... Es decir, qué sería de mí sin tu sonrisa, sin tus llamadas, sin tus gritos ni tus golpes en el brazo. Qué sería de mí si de vez en cuando no me pellizcases el culo. Qué sería de mí si ahora no te tuviese cerca, sin esos bailes extraños, sin ese verano al sol en la pura vaguería de un pueblo perdido en vete tú a saber dónde.
Qué sería de mí sin vosotros, y sin ti, Iris. La sonrisa que siempre desearé que sea eterna. Te quiero.
lunes, 16 de febrero de 2009
Para Adri
Tú eres como la voz de esa risa que sale por mis labios. Sin esa voz no habría risa ni alegría.
Conoces mis pasos, siguiéndolos al ritmo, y yo conozco los tuyos. Los vivo como si los dieran mis propios pies.
Tú eres ese compañero de experiencias, ese confidente, ese tipo risueño con el que fumar cientos de cigarrillos. Pero eres aún más que eso.
Tú eres como el agua que moja todas las calles, que arrasa barrios enteros con su sonrisa. Que arremete contra sus desdichas, y fulmina las mías.
Tú eres la esperanza que se asoma por la ventana, el abrazo que necesito para seguir adelante, el empuje de mi carrera.
Tú eres ese aire que se cuela por un resquicio de la ventana, aire fresco y puro que absorbe y despierta.
Tú eres esa inocencia que a veces me falta, ese recuerdo que te abre los ojos.
Tú eres esa canción que se canta en cualquier ocasión, que a veces desespera pero si no es oída se echa de menos
Tú eres esa llamada telefónica que uno siempre necesita en momentos oportunos.
Tú eres ese hombro, esa mano que siempre te saca del foso, esas palabras de consuelo, ese ánimo en los momentos flacos, en las bajadas. Esa voz que te invita a seguir adelante. Ese apoyo, esa persona adictiva, esa necesidad.
Tú eres tantas cosas que no se entendería mi existencia sin ti. Te quiero.
Conoces mis pasos, siguiéndolos al ritmo, y yo conozco los tuyos. Los vivo como si los dieran mis propios pies.
Tú eres ese compañero de experiencias, ese confidente, ese tipo risueño con el que fumar cientos de cigarrillos. Pero eres aún más que eso.
Tú eres como el agua que moja todas las calles, que arrasa barrios enteros con su sonrisa. Que arremete contra sus desdichas, y fulmina las mías.
Tú eres la esperanza que se asoma por la ventana, el abrazo que necesito para seguir adelante, el empuje de mi carrera.
Tú eres ese aire que se cuela por un resquicio de la ventana, aire fresco y puro que absorbe y despierta.
Tú eres esa inocencia que a veces me falta, ese recuerdo que te abre los ojos.
Tú eres esa canción que se canta en cualquier ocasión, que a veces desespera pero si no es oída se echa de menos
Tú eres esa llamada telefónica que uno siempre necesita en momentos oportunos.
Tú eres ese hombro, esa mano que siempre te saca del foso, esas palabras de consuelo, ese ánimo en los momentos flacos, en las bajadas. Esa voz que te invita a seguir adelante. Ese apoyo, esa persona adictiva, esa necesidad.
Tú eres tantas cosas que no se entendería mi existencia sin ti. Te quiero.
martes, 10 de febrero de 2009
Cuando las niñas
Hace tiempo que soñamos juntas, que reímos y lloramos, que no sabemos qué hacer con estas vidas paralelas. Hace tiempo desde que pintábamos ilusiones en el banco del patio.
Juntas aprendimos a abandonar la palabra Inocencia, a aprender la palabra Picardía, a acoger el Descaro como medio de transporte. Y empezamos a dejar de maltratarnos con nuestras propias palabras por hechos ajenos y llenos de importancia que ahora parecen tan vacíos... Cuando no tan niñas nos presentábamos indecentemente bajo cualquier foco de bar, haciendo uso del maquillaje que escondía o resaltaba lo que teníamos o no teníamos.
En tu caso, nos embarcamos en el mundo de las experiencias inesperadas, nos perdimos y nos volvimos a encontrar. Tantas veces que ya no podría numerarlas. Me embaucaste en la relación más tortuosa, y en otra igual de placentera que tortuosa la nuestra. Con miradas que no hacen falta ser expresadas con palabras. Llena de sentido, intranquilidad y palabras bastas te veo, y sonrío por dentro.
Sin embargo, en vuestro caso salió algo inesperado como por obra del destino. Tan vivas y tímidas como esas olas de la ducha. Y ahora me parece un mundo cuando recuerdo vuestros consejos y esa sabia decisión. Ese estar y esa lógica aplastante, matemática, casi enzumada con exprimidor. Tantos años haciendo malabares entre mi mano derecha y mi mano izquierda. Simples y complejas hasta límites no prescritos.
Cuando las niñas crecen, se descaman y se agrandan, avanzan interiormente y exteriormente. Cuando los años pasan para todas nosotras, cuando sales de lo establecido, para meterte en la originalidad y más allá... En la rareza encantadora de ser así, como sois. Simplemente, como erais, sois, y seréis para mí. En caminos enlazados.
Juntas aprendimos a abandonar la palabra Inocencia, a aprender la palabra Picardía, a acoger el Descaro como medio de transporte. Y empezamos a dejar de maltratarnos con nuestras propias palabras por hechos ajenos y llenos de importancia que ahora parecen tan vacíos... Cuando no tan niñas nos presentábamos indecentemente bajo cualquier foco de bar, haciendo uso del maquillaje que escondía o resaltaba lo que teníamos o no teníamos.
En tu caso, nos embarcamos en el mundo de las experiencias inesperadas, nos perdimos y nos volvimos a encontrar. Tantas veces que ya no podría numerarlas. Me embaucaste en la relación más tortuosa, y en otra igual de placentera que tortuosa la nuestra. Con miradas que no hacen falta ser expresadas con palabras. Llena de sentido, intranquilidad y palabras bastas te veo, y sonrío por dentro.
Sin embargo, en vuestro caso salió algo inesperado como por obra del destino. Tan vivas y tímidas como esas olas de la ducha. Y ahora me parece un mundo cuando recuerdo vuestros consejos y esa sabia decisión. Ese estar y esa lógica aplastante, matemática, casi enzumada con exprimidor. Tantos años haciendo malabares entre mi mano derecha y mi mano izquierda. Simples y complejas hasta límites no prescritos.
Cuando las niñas crecen, se descaman y se agrandan, avanzan interiormente y exteriormente. Cuando los años pasan para todas nosotras, cuando sales de lo establecido, para meterte en la originalidad y más allá... En la rareza encantadora de ser así, como sois. Simplemente, como erais, sois, y seréis para mí. En caminos enlazados.
Perdido
Quizás debí haber prestado más atención, no haber jugado con las palabras que desdichadas salían disparadas de mis labios. O con las palabras que afortunadas te buscaban a través de un cable oxidado y frío. Debí haberme dado cuenta de que lo bueno se escapaba por la ventana.
Y no pude cerrarla. O no supe, culpa de mi estúpida ignorancia, de mi dejadez o de la tuya. Por rebasar los límites de lo que nos prohibimos en su día. De esas promesas cálidas y libres, gratuitas, que nos ofrecíamos con los brazos abiertos, puros.
Recordaba esas tardes de primavera, de pantalones cortos y sueños en la acera ardiente diluida de la ilusión infantil. Esos labios rojos a las seis de las tarde, esa enredadera entre el pelo y los dedos. Déjame aunque sea la mitad de eso. Ahora ya es demasiado tarde.
Ya no nos veremos como hacíamos ateayer, en el refugio de esa vida vacua y perdida, que ya casi no puedo recordar. Ya no iremos de la mano por las calles de París, por el metro, sin soltarnos para pasar entre los tornos. Ya no me ofrecerás papel escrito con tu letra, papel fino, de fumar, pero con tu letra. Ya no cantaremos esas canciones de musicales en Navidad, con la nieve como compañera, o la lluvia o el viento... Ya no nos miraremos para hacer los mismos comentarios salidos de alguna melodía.
Lo siento. Por perderte, por imaginar que ese sentimiento sería eterno. Por creer en las posibilidades de esa carretera secundaria, por no saber que estaba cortada, por no saber aparcar. Por no echar lubricante y frotar demasiado.
Lo siento por ser un estropajo seco. Lo siento por que tú no hayas sido más que un bote vacío. Nuestra culpa irremediable.
Oda a los amigos perdidos.
Y no pude cerrarla. O no supe, culpa de mi estúpida ignorancia, de mi dejadez o de la tuya. Por rebasar los límites de lo que nos prohibimos en su día. De esas promesas cálidas y libres, gratuitas, que nos ofrecíamos con los brazos abiertos, puros.
Recordaba esas tardes de primavera, de pantalones cortos y sueños en la acera ardiente diluida de la ilusión infantil. Esos labios rojos a las seis de las tarde, esa enredadera entre el pelo y los dedos. Déjame aunque sea la mitad de eso. Ahora ya es demasiado tarde.
Ya no nos veremos como hacíamos ateayer, en el refugio de esa vida vacua y perdida, que ya casi no puedo recordar. Ya no iremos de la mano por las calles de París, por el metro, sin soltarnos para pasar entre los tornos. Ya no me ofrecerás papel escrito con tu letra, papel fino, de fumar, pero con tu letra. Ya no cantaremos esas canciones de musicales en Navidad, con la nieve como compañera, o la lluvia o el viento... Ya no nos miraremos para hacer los mismos comentarios salidos de alguna melodía.
Lo siento. Por perderte, por imaginar que ese sentimiento sería eterno. Por creer en las posibilidades de esa carretera secundaria, por no saber que estaba cortada, por no saber aparcar. Por no echar lubricante y frotar demasiado.
Lo siento por ser un estropajo seco. Lo siento por que tú no hayas sido más que un bote vacío. Nuestra culpa irremediable.
Oda a los amigos perdidos.
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